5 de diciembre: de cuando casi pierdo el ten
acabando el año como lo empecé: sin aliento en el asiento de un tren de larga distancia que casi pierdo por culpa de averías en la red de Cercanías de Madrid (esta vez ha sido un descarrilamiento, supongo que está justificado).
en estos momentos de pura adrenalina y sofocón recuerdo por qué no practico ejercicio alguno. mover mi cuerpo a más de 5 kilómetros por hora no me permite pensar de forma clara -solo somos yo y las interferencias, el dolor, y un nublo que es hipnótico y te obliga a medir cada respiración como si fuese la última-. ahora descansaré y escucharé música hasta que mis pulsaciones vuelvan a sus valores habituales, pero podría llorar. me he hecho polvo los músculos de las manos y los brazos y los pies y las piernas.
un bebé llora desconsolado unas filas atrás. en otra ocasión me lamentaría, pero hoy alentaría su llanto; este mundo es cruel y despiadado, que aproveche para sollozar ahora, mientras no se espera mucho más de él. pronto estará tan asfixiado como yo en este momento, y entonces se esperará de él que mantenga la compostura y derrame en silencio sus lágrimas.
tengo una flor en el culo. me encantaría decir que estaba seguro de que llegaría a tiempo, pero (siendo franco) si esta vez se me ha permitido subir al vagón ha debido ser intervención divina y no destino manifiesto. tal vez ha sido la bondad de los cuatro revisores que me han visto cargar con mis maletas desde el taxi hasta el control de seguridad; tal vez ellos se han apiadado de mi alma y no Dios. pienso en que el vómito, la parálisis y el ahogamiento serían mejor que esto -la sensación de que tu garganta quema y la cabeza te palpita-. mi tos ha empezado a ejercer de acompañamiento musical al llanto del bebé. me mojo los labios y enjuago la boca. cierro los ojos y deseo teletransportarme a mi destino.
acabando el año como lo empecé: deseando con fuerza estar en otro sitio.
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